«Es que los deportes de resistencia no son para cualquiera»

Ayer, un deportista me dijo que tenía que dejar de entrenar por cuestiones familiares.
Al comentarlo después, otra persona respondió:
— Claro, es que el triatlón no es para cualquiera.
La frase parece razonable. El triatlón exige tiempo, planificación, material y la coordinación de tres disciplinas. Es difícil mantener la rutina. Pero, claro esto no afecta solo al triatlón.
Lo mismo ocurre en el ciclismo, atletismo, natación, trail o cualquier otro deporte de resistencia.
La pregunta quizá no sea si estos deportes son para cualquiera. La pregunta es si la forma en la que muchas veces creemos que deben practicarse es compatible con la vida real.
El problema casi nunca es el deporte
Un deportista amateur, por definición, no vive del deporte.
Trabaja, estudia, tiene familia, obligaciones, desplazamientos, problemas personales e imprevistos. El entrenamiento es una parte de su vida, pero no es su actividad profesional.
Sin embargo, en determinados entornos del deporte de resistencia se ha normalizado una exigencia que se parece demasiado a la de un deportista profesional.
Madrugar casi todos los días, entrenar siete u ocho veces por semana, doblar sesiones, dedicar varias horas del fin de semana y organizar buena parte de la vida familiar alrededor de las competiciones empieza a considerarse algo habitual.
Cuando alguien no puede mantener ese ritmo, se interpreta (y se autointerpreta) con facilidad con que falta compromiso.
¡ERROR!
Lo que falta es tiempo, descanso o margen personal.
La carga no son solo kilómetros
En entrenamiento hablamos constantemente de volumen, intensidad, frecuencia, vatios, ritmos o carga semanal.
Pero el amateur no responde únicamente al entrenamiento.
También acumula carga laboral, familiar, emocional y mental.
Dos deportistas pueden realizar exactamente la misma semana y responder de manera completamente distinta. Incluso una carga que fue adecuada durante meses puede dejar de serlo cuando cambia el contexto personal.
El organismo no separa el estrés deportivo del resto de los estresores.
Por eso, dormir peor, llegar agotado a las sesiones, discutir por los horarios o vivir permanentemente con la sensación de no llegar a todo, no debería interpretarse como una falta de capacidad para sufrir. A veces son señales de que el plan inicial ya no encaja.
El error del todo o nada
Uno de los problemas más frecuentes en el deporte amateur es pensar de forma binaria.
“O entreno seis días o estoy abandonando”.
“Si no preparo un maratón, un IM o un ultra, el resto no merece la pena”.
“O completo toda la sesión o no sirve”.
“Si mejoro mis marcas algo falla”.
Esta mentalidad convierte cualquier adaptación en una derrota, pero entre entrenar doce, catorce o veinte horas y dejar el deporte existen infinitas opciones.
Se puede reducir volumen, eliminar sesiones dobles, competir en distancias más cortas, priorizar una disciplina, entrenar sin dorsal durante una temporada o mantener únicamente las sesiones esenciales.
O porque no, se puede parar temporalmente. Reducir no siempre significa renunciar. En muchas ocasiones significa sostenibilidad.
Entrenar menos puede ser la mejor decisión
En los deportes de resistencia tendemos a relacionar el progreso con la acumulación de horas.
Y el volumen importa, pero más entrenamiento no equivale automáticamente a mejor entrenamiento.
La preparación debe aportar un estímulo suficiente, permitir la recuperación y poder mantenerse en el tiempo. Si ese equilibrio desaparece, la carga deja de ser productiva.
Para un deportista, el mejor plan no es el que contiene el mayor número de horas, es el que puede cumplir de forma consistente sin deteriorar el resto de su vida.
Seis horas semanales sostenidas durante meses pueden ser mucho más útiles que diez horas que generen fatiga, conflictos, sesiones incumplidas y abandonos periódicos.
La consistencia no consiste en hacerlo siempre todo, sino en repetir durante suficiente tiempo una carga que resulte asumible.
Cómo adaptarse a las dificultades
La primera medida es aceptar que no todas las etapas de la vida permiten entrenar igual. Habrá momentos para preparar una prueba larga y otros en los que tres o cuatro sesiones semanales serán más que suficientes.
La segunda es establecer un volumen mínimo viable (la famosa dosis minima efectiva). En lugar de diseñar primero el plan ideal, conviene decidir qué cantidad de entrenamiento puede realizarse de manera realista. A partir de ahí se añaden sesiones, no al revés.
También es necesario jerarquizar. No todos los entrenamientos tienen la misma importancia. En una semana complicada pueden mantenerse dos o tres sesiones clave y considerar el resto como complementarias.
Otra estrategia consiste en reducir la fricción logística: entrenar cerca de casa, utilizar el rodillo, correr desde la puerta o evitar desplazamientos innecesarios.
Y, en muchos casos, será necesario cambiar el objetivo.
El problema no siempre se resuelve entrenando mejor. A veces se resuelve preparando una prueba más corta, retrasando una competición o pasando una temporada sin competir.
El papel del entrenador
Entrenar a un deportista no consiste únicamente en distribuir sesiones.
Consiste en comprender el contexto.
Un plan que solo funciona si la persona duerme ocho horas, no tiene problemas familiares, dispone de todos los fines de semana y nunca aumenta su carga laboral es un plan que directo al fracaso.
El entrenador debe saber qué añadir, pero también qué retirar. Debe interpretar cuándo conviene insistir y cuándo es preferible reducir, reorganizar o modificar el objetivo.
Adaptar el entrenamiento es lo que demuestra conocimiento, experiencia y deseo de sostenibilidad y durabilidad.
Es hacer que el proceso pueda mantenerse.
Conclusiones
Los deportes de resistencia exigen tiempo, disciplina, esfuerzo y capacidad de organización, pero eso no significa que deban ocupar siempre el centro de la vida.
No todo el mundo puede preparar una maratón, un Ironman, una ultradistancia o una gran marcha cicloturista en cualquier momento de su vida pero eso no implica que deba abandonar el deporte.
Se puede entrenar menos, competir en distancias más cortas, cambiar de objetivo, atravesar una etapa de mantenimiento o parar durante un tiempo.
El deporte amateur debería aportar más de lo que resta. Puede exigir renuncias puntuales, pero no debería generar de forma constante conflicto familiar, falta de descanso o sensación de fracaso.
Cuando un deportista dice que tiene que dejarlo por cuestiones personales, quizá la pregunta no sea si los deportes de resistencia son para él.
Quizá la pregunta correcta sea otra:
¿Tiene que dejar el deporte o necesita encontrar una forma distinta de practicarlo?
Bibliografía recomendada
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