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entrenamiento · 24 de julio de 2026 · ~7 min

¿Somos la media de las cinco personas que nos rodean?

Cómo el entorno puede ayudarnos a mejorar, empujarnos a cometer errores y convertirnos, casi sin darnos cuenta, en el ejemplo de otros.

¿Somos la media de las cinco personas que nos rodean?

Seguro que alguna vez os ha pasado. Quedáis para tomar algo, alguien comenta que está pensando en apuntarse a una carrera y, media hora después, ya sois cuatro buscando alojamiento, revisando el recorrido y calculando cuántas semanas faltan para prepararla.

No lo vimos venir e incluso ni siquiera entraba en vuestros planes, pero el entusiasmo de uno ha terminado contagiando al resto. Estábamos cenando y no sé cómo estoy inscrito para una media, un IM o un ultra (hechos reales).

En nuestros deportes ocurre continuamente. Nos animamos a competir, probamos una distancia nueva o nos exigimos un poco más porque vemos hacerlo a quienes tenemos cerca. A veces esa influencia nos ayuda a avanzar; aunque a veces, también es cierto, nos lleva a asumir retos para los que todavía no estamos preparados (en Galicia se usa eso de "liadiña").

Por eso se repite tanto que somos la media de las cinco personas con las que pasamos más tiempo. No es una fórmula científica: no existe ese número de cinco personas ni nuestra personalidad se obtiene calculando el promedio de quienes nos rodean. Sin embargo, la idea de fondo sí tiene sentido: el entorno modifica lo que consideramos normal, posible y deseable.

Las energías también se entrenan

Los jueves, cuando quedamos para entrenar en Castrelos, siempre digo que las energías se contagian. Algunos días llegamos con muchas ganas y otros simplemente intentamos sobrevivir, pero, en la mayoría de los casos, habríamos hecho una sesión bastante más discreta de haber entrenado solos.

Unos tiran de los otros y aparece esa exigencia colectiva que permite completar ritmos o repeticiones que en solitario habrían costado bastante más.

No es únicamente una percepción. Pertenecer a un grupo de entrenamiento se ha relacionado con un mayor apoyo social, una identidad deportiva más fuerte y niveles superiores de actividad física. También hay estudios experimentales en los que entrenar junto a una persona ligeramente superior aumenta el esfuerzo y la capacidad para mantenerlo. Eso no significa que cualquier grupo mejore automáticamente el rendimiento, pero sí confirma que la compañía puede modificar nuestra conducta.

Su mayor fuerza quizá aparezca incluso antes de empezar. Cuando hemos quedado, cuesta más encontrar una excusa: “Ya que quedé, voy”. La sesión deja de depender exclusivamente de las ganas de ese día y se convierte en un compromiso. Además, entrenar ya no consiste solo en acumular kilómetros o kilojulios. También significa conversar, reírse y sentirse parte de algo, aunque algunos días la charla se limite al principio o al final.

Todo eso favorece la continuidad. Y en el entrenamiento, la continuidad suele ser mucho más importante que una sesión 10/10.

El compañero no es el enemigo

Las quedadas también pueden tener una cara B. Si somos excesivamente competitivos, cada entrenamiento acaba convirtiéndose en una carrera. El rodaje suave se acelera porque nadie quiere quedarse atrás, se esconden las malas sensaciones y terminar delante empieza a importar más que cumplir el objetivo de la sesión.

En ese momento ya no estamos entrenando mejor. Estamos compitiendo sin dorsal.

Dos personas pueden compartir pista o circuito y tener entrenamientos diferentes. Una puede estar preparando una prueba de diez kilómetros y otra un triatlón de larga distancia. Una puede encontrarse en una semana de carga y otra estar recuperándose. Incluso cuando realizan la misma sesión, sus ritmos, recuperaciones y objetivos pueden no coincidir.

Entrenar en grupo no significa que todos tengan que correr al mismo ritmo, mover los mismos vatios o terminar juntos cada serie. Significa compartir el entorno respetando el proceso individual de cada uno.

Aquí el entrenador debe explicar el motivo y el objetivo de la sesión, dejando claro que entrenar juntos no obliga a salirse de lo pautado. Está bien sacar ese punto extra cuando un compañero va un par de metros por delante, pero también hay que saber quedarse si está corriendo demasiado. En un grupo de entrenamiento no hay enemigos. Hay compañeros que pueden ayudarnos a mejorar.

También hay que saber entrenar solo

Defender el valor del grupo no significa que todos los entrenamientos deban hacerse acompañados.

Yo mismo creo que entrenar solo es una capacidad que conviene desarrollar. De hecho, lo hago a menudo. Salir en solitario obliga a gestionar el ritmo sin dejarse arrastrar, escuchar las sensaciones, tolerar la incomodidad y convivir con nuestros fantasmas: esa voz que nos dice que no salgamos o que lo que estamos haciendo no tiene sentido.

En los deportes de resistencia, esos fantasmas pueden acabar siendo nuestros únicos compañeros durante buena parte de una competición. Si nunca nos hemos enfrentado a ellos, probablemente terminarán ganándonos.

Además, no todas las sesiones mejoran al realizarlas en grupo. Un rodaje de recuperación deja de serlo si intentamos seguir a alguien más rápido. Incluso una sesión exigente puede salir mejor en solitario cuando sabemos que la presencia de otros nos lleva a apretar más —o menos— de lo necesario.

El grupo debe ser un recurso, no una dependencia. Hay que saber aprovechar su energía, pero también ser capaz de entrenar sin ella.

Todos somos “influencers”

Cuando hablamos de influencia solemos pensar en las RRSS, pero creo firmemente en que influimos mucho más sobre quienes nos ven cada semana, que sobre cualquier desconocido que encuentre una fotografía nuestra en internet.

Esto es especialmente importante con los deportistas más jóvenes, y es algo en lo que les insisto mucho: los pequeños aprenden y copian lo que hacen los mayores. Se fijan en cómo tratamos a quien corre más despacio, cómo reaccionamos cuando una competición sale mal y si somos capaces de felicitar sinceramente a quien ha sido mejor (y, por supuesto, cómo se hablan entre ellos, cómo se comportan en un vestuario o cómo se comportan en concentraciones y/o competiciones).

Ser un buen ejemplo no consiste en ganar carreras. De hecho creo que eso es lo menos importante. Cada vez que entrenamos con otras personas transmitimos algo, aunque no digamos una palabra: constancia y compañerismo, o ansiedad, rivalidad y comportamiento.

Las redes sociales son otro entorno

Hoy no solo nos rodean las personas con las que compartimos pista, piscina o bicicleta. También forman parte de nuestro entorno las cuentas que seguimos cada día.

El problema es que las redes muestran una versión sesgada o directamente falsa de la realidad. Vemos a la influ de turno haciendo X entrenamiento, pero no valoramos los años necesarios para llegar hasta allí. Vemos cuerpos definidos, carreras perfectas y cifras espectaculares, pero no los filtros, los intentos fallidos, las lesiones ni todo lo que se ha decidido no publicar.

Incluso el contenido creado para motivar puede aumentar la comparación física, la insatisfacción corporal y el malestar, especialmente entre los más jóvenes. Eso no convierte todo el contenido deportivo en perjudicial, pero sí obliga a mirarlo con cierta distancia.

Copiar una sesión porque la hace un profesional o asumir un reto porque todo el mundo parece estar haciéndolo no son decisiones fundamentadas. Casi siempre falta lo más importante: para quién, en qué momento, con qué preparación y con qué objetivo.

En mi opinión, las redes son, en buena medida, mentira.

Conclusiones

No somos literalmente la media de cinco personas, pero sería ingenuo pensar que el entorno no influye en nuestros hábitos, expectativas y forma de vivir el deporte.

Un buen grupo consigue que aparezcamos cuando no tenemos ganas, nos ayuda a esforzarnos y hace más agradable el proceso. Uno mal entendido nos empuja a competir cada día, compararnos constantemente y olvidar que cada deportista tiene su propio entrenamiento.

Por eso debemos elegir bien las influencias que recibimos, pero también cuidar la influencia que ejercemos, especialmente cuando hay deportistas jóvenes mirando.

Quizá la pregunta no sea únicamente si somos la media de quienes nos rodean. Tal vez también deberíamos preguntarnos qué parte de nosotros se llevan las personas que entrenan a nuestro lado.

Nosotros tenemos un pedazo de grupo de entrenamiento los jueves. ¡Estáis todos invitados!

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